El fantástico relato de William Golding ('El señor de las moscas', Alianza, Madrid, 2008) nos remonta a brutales tiempos bélicos, aquellos en que la tecnología armamentista empezó a jugar un rol trascendental en la lucha por el poder dentro y fuera de los Estados. El relato es fantástico desde una doble perspectiva: en primer plano el autor logra crear una atmósfera entretenida en la que se define perfectamente la personalidad de cada personaje, y logra encajar de manera exitosa en el devenir de los hechos; es decir, es una historia bastante bien lograda.
Una segunda perspectiva permite calificar a la novela como fantástica, si se toma en cuenta la probabilidad de que una comunidad tan joven, y en situaciones tan adversas pueda sobrevivir casi en su totalidad, incluso durante un mediano o largo plazo. Sin embargo, más que ficción o realidad, la historia de estos muchachos aun más jóvenes que cualquier universitario, nos permite tener en mente ciertas consideraciones acerca de la condición humana y las consecuencias que emanan de la misma, una vez que se da la interacción entre hombres.
El relato está plagado de simbolismos; los pocos objetos útiles que ayudan a los jóvenes en su afán de supervivencia representan funciones específicas cada uno de ellos. No obstante, el mejor uso que en todo caso podrían tener cada uno de estos objetos es el de proporcionar poder. Y así es, dicha premisa puede comprobarse en el desarrollo de la historia de principio a fin. Sin duda alguna, la caracola que es encontrada por un par de niños al inicio de la historia, es el más fuerte de todos esos símbolos, así pues el mejor ejemplo de objeto de poder. La utilidad de dicha caracola es en realidad muy simple, radica en emitir sonidos altos que a fin de cuentas terminan reuniendo a todos los sobrevivientes en algún lugar específico de la isla. Asimismo, el gran logro que ha tenido el uso de la caracola se traduce en poder para aquel que la haya tocado.
Existe también el caso que un objeto de poder caiga en las manos de un hombre débil, como las gafas que son el único elemento que permite encender el fuego, pero que son propiedad del hazme-reír de todos: Piggy. Dicho personaje, más que la debilidad representa la prudencia hasta culminar con su trágica muerte. Las consecuencias no se hacen esperar, siendo la primera de ellas que el poseedor de la caracola se convierte en líder natural del recién juntado conjunto de hombrecillos. Pero la naturaleza del hombre inherentemente arrastra características como la ambición; es entonces que surge el conflicto. Cuando el extraño grupo del coro llega al lugar donde están todo reunidos, e inmediatamente su líder, se lanza también a la búsqueda del liderazgo supremo. Uno alega ser el líder por haberlos juntado a todos, el otro por ser el mayor entre todos, además del más fuerte. Es muy interesante la manera en la que se plantea la resolución del conflicto inicial: parece una simple votación de niños en la que Ralph vence a Jack como el líder de todos; pero en realidad, esos niños sólo acababan de decidir su futuro en la isla mediante el ejercicio de la democracia pura o directa, discutiendo incluso en asamblea.
Pero surge algo todavía más trascendental: se esboza el primer plan organizacional de la comunidad. Ya teniendo a un líder, éste empieza delegar responsabilidades; saben que pueden organizarse, arrogantemente hacen descansar su capacidad en el hecho de ser ingleses. Las necesidades básicas serán cubiertas por todos, se da una división del trabajo: los unos se encargarán de que el fuego siempre esté encendido, los otros de cazar, unos más de recolectar frutas… y el líder desde luego se encargará de coordinarlos a todos.
La historia se torna más humana conforme las reglas se rompen paulatinamente por la mayoría de los miembros de la comunidad. Una oportunidad perdida, el rescate que pudo haber sido, pero que no fue: el grupo del coro a cargo del fuego es el primero en fallar; de esto nace nuevamente el conflicto, entre si es más importante cazar para alimentarse o mantener el fuego ardiendo como señal de vida en aquella remota isla.
En determinado momento, el choque entre personalidades es tan fuerte que la comunidad se bifurca, dando origen a dos tribus. Parece ser que la caracola ya no vale más como elemento de poder. Lo que queda de la tribu inicial funda la legitimidad del líder en el hecho de haber convocado a todos a la asamblea primigenia; sin embargo, una nueva tribu, con Jack como líder, funda su legitimidad en el hecho de protegerlos a todos de los peligros –bestias y fantasmas- que puedan acechar en la isla. Ya decía Hobbes que el hombre es el lobo del hombre, y que la razón esencial para la existencia de una organización es el instinto de supervivencia; el fin último que busca un grupo de hombres organizados es el de protegerse a sí mismos, el de proteger la especie. Se juntan por miedo.
Las consecuencias catastróficas –por ejemplo muertes- de haber roto las reglas, responden a esa condición natural del animal político: si bien el hombre es racional, esa racionalidad le permite aspirar a grandes cosas, para bien o para mal, aspirar al poder, y con él, hacer o deshacer. Y este relato muestra dos caras de una misma moneda: el poder como objeto de deseo, aquel que corrompe y desquicia al que lo detenta; y el poder como creador, como aquello que hace surgir el progreso y desde luego permite organizar el todo.
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