Aspectos de la esplendorosa historia romana fungen como el marco de referencia a la novela de Yourcenar ('Las Memorias de Adriano', De Bolsillo, México, 2007). La misma relata la vida de Adriano, el hombre que alguna vez tuviera bajo su dominio al Imperio Romano, el más robusto de la antigüedad.
La obra reivindica la imagen del hombre frente a la del gobernante, y lo hace sutilmente al recurrir al formato de una última carta ficticia del emperador, dirigida a su inminente sucesor.
Una antinomia esencial se presenta a lo largo del desarrollo de la obra: el hombre frente a la perspectiva del inevitable fin de su lapso de vida. El clásico ciclo del héroe en que todo hombre cae y se levanta una y otra vez sólo para verse derrotado al final por la ineludible muerte, es la experiencia misma del emperador, relatada dramáticamente en sus últimas líneas.
Su arribo al poder fue sistemático. Años de preparación física e intelectual en aras de conseguir el gobierno de toda Roma, y de hecho, resulta paradójico que Adriano sucediera en el trono a un hombre con el mismo fin que décadas más tarde tendría él mismo.
Otrora, el ahora moribundo emperador recuerda con anhelo su infancia y juventud, la época más bella en la vida de cualquier hombre.
Tema tabú se toca en la obra: el homosexualismo. La mitología moderna tiende a la perversión, señalando a un vasto número de personajes célebres de la antigüedad como homosexuales –Alejandro Magno, por citar un ejemplo-.
Mas realidad o fantasía, el argumento de la obra, permite conocer la parte más humana del emperador: su sincero amor por Antinoo y la sensibilidad por la pérdida del mismo.
No cabe duda que ese es uno de los fantasmas que más atormentaban al emperador, aun por encima del veredicto personal así como exógeno de haber gobernado justamente a Roma o no.
Nietzsche turbaría al mundo entero con su declaración sobre la muerte de Dios. En este sentido, y desde el perfil psicológico de Adriano –específicamente en lo que toca a sus creencias- es posible desentrañar una cuestión igual de controvertida: ¿acaso alguna vez existió Dios?
Los múltiples dioses de los romanos durante la época de la república han sido remembrados por historiadores de la talla de Isaac Asimov, no obstante, estos eran creencias nulas en la época imperial –la que funge como background del libro-.
Consecuentemente, el escepticismo es una de las notas características de este peculiar personaje. Si bien el escepticismo, la incredulidad, acompañaban siempre el pensamiento de Adriano, entonces ¿por qué era tan deprimente la visión del mismo frente a la muerte? La sensación de ver tantos años de dominio acabados, la vejez, el lejano placer y más distante aun el amor.
Si bien los hombres de la época -incluido desde luego Adriano-, eran en su mayoría incrédulos a lo que sus ojos no veían, entonces ¿cómo se regían los actos de estos en su interior? La manera de vida que adoptó el emperador una vez en el poder, es congruente con la suprema ley de aquellos días: el hedonismo.
El modus vivendi de Adriano fue siempre acorde con aquellas ideas hedonistas. El placer como la más alta ley del comportamiento, por encima de todo, cueste lo que cueste, así como el ir alcanzando progresivamente cotas más altas de bienestar.
Finalmente cabe destacar a grandes rasgos, la cuota de género propia de la época. Es cierto que a lo largo de la historia, la mujer ha ido ganando terreno frente a los hombres, en el sentido de que hoy tiene más libertades que antes. En la roma imperial, particularmente la gobernada por Adriano, la condición de la mujer era distinta.
La misoginia inexorable que existía en esos días, según reconoce implícitamente el propio Adriano, orillaba a los hombres, entre otras cosas, a amarse entre sí. El asunto no es juzgar las conductas de estos respecto a la orientación sexual, sino condenar el trato que históricamente –desde entonces, y seguramente con antelación- se le daba a la mujer; esto en esencia, por la debilidad de los hombres para gobernar a la sociedad en conjunto, es decir, tanto hombres como mujeres.
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